miércoles, abril 22, 2015

Me dejo en tus manos.

I

Llegará un día en el que conoceremos al miedo lo suficiente como para que deje de provocarnos toda esta desdicha. Siempre recuerdo cómo eché a correr, cómo la catástrofe me pisó los talones, cómo la caída me rebentó más de un órgano; nunca cómo llegué a levantarme. Lo admito, no lo recuerdo. No recuerdo el momento exacto, sólo sé que hacía frío y que lo hice por mi cuenta que no sola. Supongo que soy una persona negativa. Lo soy, si consideras negativo el recordar las heridas y nunca las curas. Hablando de curas, también soy atea, pues no creo en la Iglesia de todas las mentiras, ni en lenguas de lija que empeoran y no enmiendan; y esto no lo decidí desde lejos, si no en el altar, con el corazón en el ramo de rosas, todos los ojos puestos en mí, y con la certeza de que él no iba a llegar, de que el tren que tomaba iba en dirección contraria. Allí me quedé (y allí debí seguir).


II

Llegará un día en el que conoceremos al miedo lo suficiente, pero hasta entonces, nos lo iremos encontrando al girar la calle, al coger el bus, cada puta vez que intentemos continuar con nuestras vidas, dejando tras nosotros las migajas de un corazón que alimentará a los cuervos que nos nacieron de los ojos. Podemos encontrárnoslo un pedazo, dos pesadillas, quizá tres de todos los miedos de coleccionista. El caso es que un día, nos los encontraremos todos de golpe. ¿Eh? Oh, sí. Eso es todo. Soy negativa, soy atea, no habrá consejos sosegados ni dioses a los que encomendarnos. Estamos perdidos; y eso, por desgracia, no es nada.


III

Llegó una noche y me miró a los ojos. Sabía que me encontraría con el miedo cara a cara, pero entonces no sabía si era él u otro, si al mirarle empezaba a temblar o dejaba de hacerlo. Llegó una noche y me miró a los ojos, él nunca miraba a nadie a los ojos y por primera vez, yo tenía sueño a aquellas horas. Demasiado café en unos orbes, demasiadas palabras amargas las que brotaron por mi boca. Yo quise decirle, yo quise darle, pero solo lo miré. Él seguía mirándome, como si latiéramos por vez primera (y quizá última) a un mismo son. Él seguía mirándome, no reparaba en ello, como si sus miedos ya no estuvieran, como si todos se hubieran escondido en aquella comisura que, tambaleándose, se alzaba en una sonrisa ilusa. Yo no apartaba la mirada por miedo a sumarme un miedo más, no lo hacía por si a él le daba por marcharse entonces; era mi forma de retenerlo sin decirle que todo cuanto quería era que se quedara, que todo cuanto quería era aquél entonces, aquellos ojos valientes que me miraban. 

IV

Mi plan, desde el principio, había sido el abrirme y espantarlo al dejarlo asomarse, y aquella noche me di cuenta de que al hacerlo, había caído como Alicia, pero a un lugar que no se asemejaba en nada al País de las Maravillas. Había caído dentro de mí, hondo hondo hondo... como un ancla tan perdida como mis intenciones, mis vías de escape. Nunca he tenido un plan B, nunca he tenido que recurrir a uno; fallaba estrepitosamente en la primera, de tal forma, que había sido impensable que hubiese ansiado ir a una segunda intentona. Estaba perdida porque él me había encontrado, me aferraba entre sus dedos con delicadeza pasmosa y me decía bajito que no le importaba esperar, dolerse, y yo sólo podía pensar en cómo alguien tan hermoso podía haber sido el que había parado, no el mundo, pero sí el suyo. Cómo había frenado, cómo estaba dispuesto a guiarme una vez más. Cómo entonces podría haberle dicho yo nada de nada, cómo podría haber apartado la mirada... si conocía dónde me retorcía de risa o de dolor y, aún así, seguía a mi lado, contemplándome como si fuera una pieza entera y única, como si me quisiera. Porque me quería. Me quería.

Así que, cómo no iba yo a quererle.

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¿Escupes o tragas? Sentimientos, digo.

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