sábado, noviembre 22, 2014

Esquizofrenia emocional.

Se oye una risa
lejos
muy lejos.

"Es un sueño",
esquiva.

Mantiene el recuerdo vívido
pero sabe que ya no existe.

"No puede ser real",
excusa.

Pero la risa
se regodea en el eco
que ha dejado
para erizarle el vello de la nuca.

Cuando lo consigue,
cuando el cadáver late,
este abre los ojos y sabe.

"Es real",
tiembla.


Ella tiene
los oídos embotados
de tierra y del llanto
que aún resuena bajito,
como el zumbido de las abejas
que se posaban en las flores
de su funeral.

Ella 
no puede
no quiere
escuchar el tono histérico
de la risa que se aleja,
porque no quiere
que el resquicio se vuelva tiniebla.


Ella tiene
tantas ganas de

atrapar
aplastar
abrazar
hasta asfixiar
esa risa

que se le olvida
su vértigo a no ver
la vida entre líneas,
sin corazas de por medio.

el dolor
que le nació
del dolor que 
el dolor provocó,
y que desde entonces
le sigue doliendo,
vuelve a sangrar.

Ella tiene
las manos llenas
de la sangre que brota
de su costado,
pero también de desazón.

Porta consigo
las mismas heridas
con las que se enterró en su cama,
las mismas sobre las que descubrió
que ya no podía llorar,
ni si quiera al darse cuenta
de que ya no había nudillos
que replicaran en su puerta,
pidiendo una explicación,
gritando por última vez auxilio.

("Ya no hay nada",
comprendió
pero solo entre paréntesis).

Ella tiene
que aferrarse
a las caderas del mundo
porque se le tambalea,
sin pedir permiso ni perdón,
así que aparta las manos
y cae de bruces
y con ella, todo cae

despacio

despacio

despacio

como si nunca
fuera a dejar de hacerlo.

Se oye una risa,
así que la persigue.

Se encuentra
las fuerzas para levantarse
y seguir corriendo.

El aire 
entra y sale de sus pulmones,
el corazón
se le desboca en las sienes,
el estómago
se le enreda en los dedos

pero no se detiene

porque sabe que si lo hace
ya no encontrará motivos
ni excusas
para levantarse.

Así que persigue la risa
como el poeta que persigue
el rastro de perfume que deja una musa.

Le duelen las rodillas
las ramas rebeldes
que asoman de los árboles
le arañan las mejillas rojas,
rojas como la huella
de sangre que deja a su paso
durante una carrera
que (parece) no cesa.

Pero cesa.

Y ella contempla
todo lo que se ha perdido,
todo lo que no ha visto,
todo lo que ha dejado atrás,
todo lo que no podrá recuperar.

Lo observa todo,
incapaz de articular palabra,
incapaz de concentrarse en nada más
que no sea seguir respirando.

Se da cuenta 
de que no existía nada.

Ni oscuridad,
ni bosque,
muerte
o risa.

Nada.

Solo existía ella,
y todas las posibilidades
que no escogía.

Nada,
absolutamente nada,
había sido real para nadie.

Pestañeó
una
dos
tres veces
y lloró

después de lo que parecían siglos.



Cuando decides volver a jugar a eso de 
"dame 3 palabras y haré algo bonito (o lo intentaré)"
y te dan tiniebla, dolor y risa, esto es lo que pasa.


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¿Escupes o tragas? Sentimientos, digo.

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