sábado, noviembre 22, 2014

Bendita contradicción.


Alguien me dijo una vez, que enamorarse de alguien que escribe es un suicidio. Entonces, no lo comprendí, no quise creerlo, pero ahora que ya he aprendido la lección, ahora que sé que la poesía crea más dependencia que la droga, no hago más que buscar al chico que cometa las mayores faltas de ortografía. No hago más que buscar a alguien políticamente incorrecto, que nunca diga lo que debe decir. Porque son los que no saben escribir, los que menos tacto tienen, y esos serán los que me digan, sin dar rodeos, que lo único que me quieren es romper. Algunos, lo harán a mordiscos, otros, con menos escrúpulos. Da igual. No serán ellos los que me mientan, ni los que me dejen en la cuneta, abrazándome el frío del mí sin tiPorque estoy harta del mundo y sus caras, de la avidez con la que unos ojos te miran, pero no ven nada dentro de ti. Os empeñáis en decir que el color negro es un color triste, sin ver que el blanco también puede ser el color de la muerte. Estoy harta, y por harta, hasta por hartarme. He encontrado la felicidad en el maquillaje corrido y en perder siempre un pendiente del par, porque he descubierto que es en los rincones perdidos, en los desconocidos y en las frases incompletas, donde me siento a gusto. Quizá, porque me reconozco en ellos; quizá, porque me gusta que al final de la madrugada, se entrevea un poco de mi. Da igual. No seré yo la que me mienta, no será en esta cuneta en la que me de por vencida, no será este el Invierno en el que diga que ya no puedo más. Me queda mucho por bailar, me quedan muchos chistes sin gracia de los que reírme y muchos pendientes perdidos que acabar encontrando; me quedan muchos a los que decirles que sí, que enamorarse de un poeta es un suicidio. Pero es un suicidio precioso.


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¿Escupes o tragas? Sentimientos, digo.

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