miércoles, septiembre 03, 2014

Donde las promesas no son condenas.


Había quienes creían
que era una suicida
o una loca
-qué más da-
había quienes creían
que miraba a la poesía a los ojos
y la desafiaba,

que bailaba bajo la lluvia
y caminaba descalza
que no me enfermaba al mojarme
y no me herían los cristales
en las plantas de los pies

ni en la lengua cuando callaba.

Pero no era locura,
ni el deseo de cesar 
la vulgaridad del sentir
y no saber

no

era miedo,
temblaba y no me tapaba
porque temía que aún así
fuera a seguir temblando.

Me temía,
nos temía.

Y nunca te lo dije,
mi amor.

Nunca te lo dije,
así que
te lo digo ahora.


Ahora
que no estás
que no me ves temblar
y
-lo que es peor-
que no vas a cobijarme.


Odiaba nuestros huesos,
los míos
los tuyos
los que compartíamos
y formaban una anatomía
poética y rota 
que nos desmoronó
y no nos dejó seguir

;

odiaba que
me mordisquearas las costillas
y jugaras a encogerme el corazón

;

odiaba que 
se me clavaran tus codos
y tus rodillas
cuando me abrazabas
fuerte
cuando me sujetabas
para que no volviera a huir.

Odiaba
que te interpusieras
siempre
entre el andén y la vía,
porque me mirabas
y adivinabas que iba a saltar.

Odiaba
que te asomaras
a mis pesadillas
y no salieras corriendo,
que las acunaras
y las hicieras
pesadillas
más
bonitas.

Odiaba
que siempre estuvieras ahí
en el momento más y menos
oportuno.

Odiaba 
que supieras
cuando yo no sabía.

Odiaba
cuando me daba por llorar
y enfadarme con el mundo,
que eras tú,
y leías entre líneas
que te quería
aún con más fuerza
que la vez anterior.

Odiaba
hacerme pequeña
cuando me mirabas.

Pero 
no te odiaba.

No podía.

Porque
no podía pedirte
que te marcharas

podía marcharme yo
a medias
borracha
para volver después

un pestañeo
después.

No
podía
huirnos.

Y cuando
creí
que podría reclinarme
en tu pecho vacío
pero cálido
cuando nos creí
y me asomé
a ver llegar nuestro tren
con destino a el amor de mi vida

...

me empujaste.

Me empujaste
sin por qués
ni excusas
solo me empujaste
para después 
verme agonizar
y decir
que habías intentado
salvarme.

Pero 
era mentira

Lo supe
en cuanto te escuché los ojos
y dejé que te fueras
y el tren seguía pasando
y volvió a hacer frío

y volvió a darme miedo temblar
y miedo de taparme
y miedo de seguir temblando

Miedo
de no tenerte
aquí
en los huesos
que odiaba

y
de querer saltar
y que no fueras
a detenerme.

y
de enfrentarme
a ti en mis pesadillas

y
de que no estuvieras
ni cuando te necesitaba
ni cuando no.

Miedo
de que no volvieras
(ni si quiera a mirarme).



Y entonces
entonces
mi peor miedo
resultó ser que


seguía
sin 
poder
odiarte.



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¿Escupes o tragas? Sentimientos, digo.

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