Y,
entonces,
le hiciste sombra a las constelaciones.
Los ojos cafés
como dos espinas
clavadas en mis entrañas;
un café desafiante
que acaba antes
con la paciencia
que con el sueño.
Y después,
tus párpados se cerraban
justo en mitad
de aquella discusión
-más infantil por mi parte
que por la tuya-
sobre el final
injusto
de aquél cuento inventado.
Tu rostro entre mis manos,
la respiración caliente
haciéndome cosquillas
en el cuello,
y yo...
sin saber
muy bien
cómo cogerte
sin romperte.
Tus pestañas como plumeros,
capaces de limpiar
de todo mal
cualquier vida,
y mira que eras
pura dinamita
que aún no había
aprendido a estallar.
La travesura
la llevabas tatuada en
la comisura izquierda,
justo encima de
aquél pequeño lunar
que nunca te gustó.
Eras terremoto de día,
y mar en calma de noche.
Te apagabas
en mis brazos,
y estos,
acababan pinchándome
de cansancio,
pero aún así,
te miraba
y
no
podía
dejar
de
hacerlo.
Yo
era Luna embelesada,
y sólo cuando
te removías
me acordaba
de que debía llevarte
a la cama.
Pero estabas tan lejos,
pequeño pirata...
Navegando
a tantas millas...
Tan lejos
de mí...
Temía que no regresaras,
y te zarandeaba
de vez en cuando
para que te quejaras bajito
sin despertarte del todo.
Nunca me gustaron
los pequeños capullos,
tardan en florecer
y peco de impaciente.
No me gustaban los niños,
por aquél entonces,
pues yo también lo era,
pero tenía tu foto
entre mis manos
y tu risa en la cabeza,
como el aleteo
de las mariposas
que nunca
y siempre
supe que revolotearían
al oír tu voz llamándome.
Incluso,
cuando yo también
viajo lejos...
muy lejos...
En sueños.
Te echo tanto de menos...


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¿Escupes o tragas? Sentimientos, digo.