Río en calma. Cielo encapotado. Lluvia suave. Arriba, en un árbol, respirando, y luego, salté. Sin chalecos salvavidas, porque no pretendía salvar nada. Salté y el cielo me lloró lloviendo. Los árboles extendiendo sus ramas en mi dirección, pero yo cayendo, sin intentar aferrarme a nada. El impacto, el agua calándome dentro, el frío helándome, los ojos cerrados, las burbujas de aire huyendo hacia la superficie. Y luego sus brazos. Fue como una resurrección, aferrándome fuerte y llevándome con él hacia arriba. Me dejó en la orilla, y no se vio capaz de hacerme el boca a boca porque él tampoco respiraba. Sus manos bombearon mi corazón y yo lo miré muy fijamente. Él no podía apartar mirada, la mía tan fría como mi cuerpo y la suya con la esperanza de poder salvarme y que mi corazón continuara latiendo al son de sus manos incluso después de que dejara de llover. Pero cuando me salvó, yo no le di si quiera las gracias, ni tan si quiera una sonrisa flaca de Mona Lisa. Lo seguí mirando, buscando en él lo que quería encontrar, y el problema fue que no lo encontré. Era guapo y sus labios parecían sonreír incluso cuando temblaba de miedo, los ojos mar turbio y las manos tan firmes como las raíces de los árboles, y yo... yo sólo era un intento suyo de resurrección. Pero uno fallido. Él me envolvió, esperó conmigo en la orilla, me secó y me acunó en sus brazos, no me preguntó los motivos por los que salté, tan sólo aguardaba a que, quizá, me atreviera a decir algo. O a pedirle, que lejos de bocas a bocas que nada podrían conseguir, me besara. Pero no lo hice. En lugar de eso, dejé caer mi cabeza sobre su hombro, y él me miró con un vuelco al corazón grabado en sus ojos. Yo quise decirle que no podía deberle nada, quise decirle que no podía verle como mi héroe, que no podía sentir agradecimiento, que no podía quererlo, que no podía, no con él. Quise decirle que lo sentía, que ojalá pudiera funcionar, pero que no funcionaría. Quería decirle que no salté para que alguien lo hiciera detrás de mí. En lugar de eso, me eché a llorar, pero él no adivinó nada con aquél gesto, como era de esperar. Sólo apretó aún más su brazo sobre mis hombros, esperó a que mi llanto cesara, y después, se marchó de la misma forma en la que había llegado; dejando tras él una mirada llena de significado, solo que, aquella vez, sus ojos pedían a gritos que lo buscara. Y ojalá hubiera podido echar a correr tras él. Ojalá. Pero no podía... no podía...

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¿Escupes o tragas? Sentimientos, digo.