Salí de casa con nada más que las llaves en la mano (por si me atrevía a volver). Había desaparecido cualquier medio físico en el que poder desahogarme, incluso mi cuaderno, pero quizás fue lo mejor, no escribir. Permíteme excusarme, pero te escribo desde el vacío y, quizás, no soy capaz de hacerme entender demasiado. Salí de casa. Había derramado apenas dos lágrimas contadas y me las había secado con el dorso de la mano con enfado por mi ridiculez, la de llorar. Caminé durante horas por calles que ni conocía. Solo quería alejarme y, con suerte, refugiarme en alguna soledad perdida. Y si, también llorar, derramar todo lo que en casa había tragado desde hacía meses. Pero había gente en todas partes, como si se hubiesen puesto de acuerdo, y yo recorrí cada sitio que me había visto sonreír alguna vez. La verja de mi escuela me vio agarrarme a ella, temblando, observando con una ansia devoradora a los niños que jugaban con sus palas, sin embargo, allí no encontré nada. Me adentré en la escuela con la excusa de que esperaría a mi hermano en la puerta de su aula, cuando yo ni si quiera tengo hermanos, al menos no aquí. Recorrí cada rincón de la escuela y... Salí de allí. Fui incluso al que fue su sitio, al sitio que nos perteneció durante tantas tardes en las que me había mimado, pero allí ya no había ni una absurda gota de felicidad amarga. Ni recuerdos a los que abrazarme. Allí sólo había vacío, y frío. Acaricié aquellos bancos como si pudiese desteñir con las yemas de mis dedos aquella capa de dolor para dejar paso a otros recuerdos bonitos que debían haberse caído por allí, pero. Nada.
No sé dejar vacíos de tinta. No sé describir la sensación de pesadez que me cayó en los hombros como un vaso de agua fría en la cara al despertar. Me tambaleé pero no me senté en ninguno de aquellos bancos, podridos de dolor. Pero yo ya llevaba aquél olor conmigo.
Y cómo poco a poco los recuerdos vinieron a mi, como nos habíamos distanciado, como lo abracé aquella tarde y él ya no me estaba mirando a mí... Dios. Dolió tanto volver que eché a correr, queriendo así no ahogarme, pero ya lo estaba haciendo. Me aferré una vez más a aquella verja, queriendo recuperar el aire, queriendo que alguno de esos niños me regalaran si quiera un soplo... Pero allí tampoco encontré bienestar, ni pequeños atisbos de sonrisas tirados por el suelo. Todo estaba tan vacío que. Que volví a echar a correr, esta vez para perderme en aquél pequeño bosque en el que había contado pájaros bajo la sombra de sus árboles. Arañé la corteza de los árboles, queriendo patéticamente hacerme daño porque estaba perdiendo la noción de todo.
Pero allí no estaba yo. Allí no estaba yo y. Lloré mi ausencia más que la de cualquier otro.
Allí no estaba yo.
Allí no estaba y.
Y me alejaba de mí a cada paso.
Puedo decir que me aovillé y dejé que el tiempo pasara. Dejé que las lágrimas corriesen, que se sintieran vivas ya que yo no me sentía. Hasta que tuve fuerzas para levantar. Volví a echar a caminar, las calles estaban ya más vacías, aunque me sentía espiada. Nada de eso importaba ya. Me sentía como una botella de socorro lanzada al mar por un náufrago, pero el papel que yo llevaba dentro estaba vacío, o quizás yo no entendía aquél idioma. A la deriva. Así me sentía. Con los nudillos destrozados y las rodillas cansadas, temblando por las huidas, por las verdades a la cara, por los gritos antes de salir de casa. Casi sentí como si no pudiera respirar, y no sabía si correr, para o andar, no sabía dónde ir, pero si sabía dónde no ir.
Y seguí andando.
Y ojalá alguien hubiese parado. Hubiese dado mi vida por que alguien hubiese parado al ver a la chica llorosa, y la hubiese acunado un rato. ¿Pero cómo iban a parar? Si yo no estaba llorando por miedo a que todo doliese más. Más. Más... Había dejado que el frío y la fiebre detuviesen todo y me había camuflado en la vulgaridad del no sentir. Todo parecía eterno, como si fuese a cámara lenta. Me dejé caer en las escaleras de mi portería, tanteando el suelo para no caerme. Cogí aire. Soplé. Cogí aire. Soplé. Como Albert Espinosa decía. Como Ojitos de Tormenta decía. Soplé. Como si pudiese desear. No sé. Como si. Soplé. El tiempo pasó y yo solo temblé, abrí la puerta de casa con las llaves que no había soltado y no me atreví a mirar a la cara a mi madre, ni si quiera levanté la vista del suelo ni aún después de encerrarme en la habitación. Y. Volví a llorar. Dios. Sentía aquellas horas inmortales y hubiese matado y me hubiese dejado matar por quitarles el in.
Perdí la cabeza. Si, la perdí. Puedo decirlo tirada en el suelo de la ducha, esperando a que el agua me trague con ella.
¿Sabes...? Por un momento, deseé que solo fuera una pesadilla.


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¿Escupes o tragas? Sentimientos, digo.