domingo, febrero 03, 2013

Minutos de libertad.



« Sácame de aquí. »

Una petición clara que él no había podido rechazar, y para qué negar que él nunca había podido decirle no a ese par de ojitos, tan soñadores, tan vivos, que habían encendido toda una habitación en mitad de una noche de tormenta, bajo las sábanas, enredados en las legañas de su felicidad. Ay, aquellas noches abrazados... cómo las echaba de menos. Sobretodo después de pasar sus últimas noches en una camilla y una silla de plástico. La había visto desgastarse entre aquellas paredes de color enfermizo, el mismo color que ella llevaba enganchado en la piel y se le arraigaba a los huesos, retorciéndose y fundiéndose con ella, llevándose a la sonrisa de la que se enamoró un día. Una sonrisa, un brillo en la mirada y también un pecho, y mechones de cabello, y parte de sus órganos. Y a toda ella la habían sustituido implantes, ¿pero qué sonrisa podría reemplazar a la sonrisa más bonita de mundo? Operaciones de aquí y allá qué lejos de curarla y garantizarle años al lado de él, besándose bajo los árboles, le había garantizado un distanciamiento que ni entre planetas existía. Ella ya no le miraba. Asqueada por su aspecto, temerosa por lo que él pudiese encontrar en sus ojos, culpable por verlo allí encerrado y martirizado los días pares y los impares, postrado en una silla al lado de ella... Pero él no le había soltado la mano.

Y tampoco lo hizo cuando la sentó en aquella silla de ruedas y echó a correr con ella por todo el maldito hospital. Huyó con ella como en millones de sueños había huido (y ojalá hubiese podido huir también de todo el veneno que los corroía y que se estaba llevando, cada vez más deprisa, al amor de su vida). Ella rió, con desquicio pero rió, con histeria, como el psicópata que ríe después de cometer un crimen. Pero cuando sus miradas volvieron a cruzarse ella sonrió, sonrió de verdad, sonrió tanto que sus mejillas podrían haber estallado en tiras de lo estiradas que estaban. Cubiertas de pecas. Las mismas pecas que él había visto cada mañana y cada noche al dormir y despertar. Hacía ya cerca de dos años y medio de esas miradas furtivas entre beso y beso y el las seguía recordando como si el tiempo se hubiese detenido, como si se hubiese grabado a fuego en su mente aquello, y ambos sabían que no era sano, que ella se iría. Y él... él no podría impedir que se fuera.

« Conduzco yo. »

El castaño asintió sin pensarlo un segundo si quiera y la ayudó a sentarse, ella ya había alcanzado las llaves y escuchaba como el motor rugía como una pantera cuando él cerró la puerta. La sensación que experimentó era lo más cercano a un orgasmo que había tenido desde que la suerte había decidido abandonarla para siempre. « Debí de haber sido muy hija de puta en mi otra vida», solía comentar ella, siempre con ese deje de humor amargo que hacía que leves arrugas se formasen en la frente de él. Cuando ella bromeaba de esa forma lo advertía de que no estaba bien. ¿Pero cómo pretendía que lo estuviese si después de tratamientos y operaciones cada vez iba a peor? Sus días estaban contados, sin embargo, lo olvidó tan pronto como pisó el acelerador.

La adrenalina le recorrió las venas tan violentamente como el viento que le revolvió el cabello. Un grito de euforia salió de la garganta de la rubia y él la observó con una adoración que ni una cámara hubiese podido captar. La canción -cuyo nombre desconocía- que comenzaba a sonar fuerte en la radio vieja se volvió en aquél preciso instante su canción favorita, y sabría que siempre le recordaría a ella, que no podría olvidar ese momento, viéndola cantar y mover la mano libre en el aire, como si formase parte de una fiesta que solo ella sentía y vivía, saboreando la misma libertad que se le había arrebatado de una forma injusta. Ay, los pajarillos no están para ser encerrados en una jaula. Él lo sabía. Ya no volverían al hospital, ni a más tubos ni doctores. Quería verla así hasta su último suspiro. Sonrió. Sonrieron. Sus manos se encontraron y.

Ella se sintió viva. 


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Esto es lo que se intenta hacer cuando A te da "libertad, suerte y amor" y un anónimo te pide un relato. Ojalá os haya hecho sonreír a los dos. (:

1 comentario:

  1. Anónimo15:57

    Ojalá me dejes explicarte algún día que sin darte cuenta, te encuentras un poco más en cada letra que escribes. Otros nos perdemos en esa adoración que ni una cámara podría captar (y también en tus ojos verdes, y en tu pelo, y en esa sonrisa de medio lado).

    Ojalá, ojeras preciosas.

    X.

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¿Escupes o tragas? Sentimientos, digo.

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