miércoles, febrero 20, 2013

A caladas.



"La gente viene y va, pasan por mi lado y no notan mi presencia. Y yo soy feliz, a mí me gusta así. Estoy de pie, contra un muro pintado con palabras obscenas y sin sentido, mientras los veo pasar. Una corriente de personas pasan frente a mis ojos, cada uno sumergido en sus pensamientos y sus obligaciones, sin pararse a pensar en las pequeñas cosas de la vida que hay cada día. Cosas que yo si veo.

Por ejemplo, veo a aquella chica sentada en la parada del autobús, con las piernas cruzadas por sus tobillos y un gorro blanco dejando ver solo una parte de una gran melena negra azabache. Mira al suelo con expresión ausente y me pregunto en qué estará pensando. No es simple curiosidad o ansias de cotilleo, simplemente me intriga su expresión. Ni está triste ni alegre, simplemente contempla el suelo con ojos vacíos mientras seguramente está perdida en sus pensamientos sin sentido. De repente sonríe y cierra los ojos negando con la cabeza, como si le avergonzara reírse estando sola en medio de la calle. Y a mi me dan ganas de decirle "No te cortes. Ríe. Ríete y disfruta. En la vida hay que saber reírse, aunque sea de los pensamientos absurdos que tenemos".

Ella no se ha dado cuenta, pero a su lado hay un señor mayor con un niño de unos seis años sentado entre sus piernas. El niño ríe con una voz alegre y aguda de algo que su abuelo le está diciendo. Los abuelos son así, siempre tienen una historia que contar y que, por irreal que parezca, a ti te gusta pensar que ha ocurrido de verdad. Suspiro y sonrío enternecida por la escena, intentando que los recuerdos no me embarguen.

A unos dos metros de mí suena el ruido de unas campanitas, aquel que suena cada vez que se abre la puerta de una tienda. Del establecimiento, el cual no me interesa saber lo que vende, salen dos hermanos, o eso es lo que supongo que son. El más pequeño tendrá unos ocho años y pasa rápidamente los ojos sobre unos cromos de fútbol que lleva en las manos. El mayor simplemente va a su lado vigilándolo para que no se pierda en las concurridas calles. No puedo verles el rostro, solo los aprecio de espaldas, uno caminando y el otro dando pequeños saltitos. Es en estos momentos en los que me gustaría no ser hija única, haber gozado de alguien que me hubiera protegido y a quien poder contarle mis problemas. En cambio, me he criado sola y no me arrepiento. Me he hecho a mi misma.

Me separo del muro y comienzo a caminar por esa calle llena carteles y escaparates que indican la época del año en que estamos. El olor de las castañas asadas inunda mis fosas nasales y me hace sonreír. Saco mis manos de los bolsillos y las froto frente a mis labios para echarle un poco de mi aliento y calentarlas. Poco a poco llego a mi destino no marcado, el lugar donde siempre termino una vez a la semana. Aún es de día así que puedo aprovechar los últimos rayos del sol que dejen ver las nubes mientras me estoy sentada en el banco frío y húmedo de siempre. Abro mi saco para llevar cosas, ya que no me gusta la palabra bolso, saco un cigarrillo y lo enciendo. Aspiro la primera calada y dejo escapar el humo poco a poco mientras observo cómo asciende formando espirales en el aire húmedo de invierno. 
Y mientras contemplo su movimiento, me pregunto si algún día alguien se parará a hacer lo mismo que yo cada tarde de sábado. Me pregunto si algún día alguien se parará a mirar y verá a esa chica con el pelo excesivamente corto que cada sábado se dirige hacia el mismo parque.
Si alguien me verá mientras observo el humo de mi cigarrillo."


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Uno de otros tantos relatos que encuentro, guardo en un documento de word y se me olvida apuntarme la fuente, qué se le va a hacer, mi despiste viene de nacimiento.

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¿Escupes o tragas? Sentimientos, digo.

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