Y allí se quedó.
Incapaz de asimilar nada. Sin atreverse a despegar la espalda de la pared por si los temblores de las piernas la fallaban. Con la mirada nublada, gris, enmarcada en ojeras... casi no parecía suya. Las pestañas se le inundaron de lágrimas y gotas de lluvia, (pronto quedaría empapada). Un jadeó despegó sus labios rotos y huyó de ellos, sordo, zigzagueando en el aire denso que lo teñía todo de un gris invisible que se adhería a sus huesos, igual que sus mechones de pelo se adherían a su rostro mojado y le tapaban parte del rostro, ocultándola, porque nunca le gustó que la vieran llorar (ya ves, cómo si allí hubiese alguien más que no fuera ella). Se llevó una mano al pecho, cómo si de aquella forma pudiese dolerle menos ese nosequé que le estaba quemando la cicatriz que se encontraba justo debajo de su clavícula, al lado izquierdo del pecho. Eso no era latir, eran golpes secos que martilleaban sus sienes y estaban acabando con su calma, pero en ella no había nada, ni un atisbo de dolor en los ojos, ni en la forma en la que se encorvaba sobre sí misma bajo la lluvia. En ella, la chica de ojos tristes, sólo había silencio.
Algo murió en ella aquella noche que no logra sacarse de la cabeza.
Ya no era un puzzle, solo piezas que había ido colocándose sin parar a mirar si ese era su sitio, o si eran suyas si quiera. Era retazos de una vida que no era la suya, (no, no podía ser la suya, y se repetía aquello una y otra vez sin intención de aceptar la verdad... su verdad).
Era como si hubiesen vertido una botella de Vodka sobre su corazón, el que estaba sufriendo una especie de metamorfosis que siempre acababa igual. En una cicatriz. Cicatrices que ardían día sí día también y acababan consumiéndola hasta dejar solo las cenizas de algo que fue. Quizás alguien con sueños, con ganas de levantarse por las mañanas, tomarse un vaso de leche y salir a la calle a echarse unas risas. (Ya ves, risas...) Qué dolor tan visceral, joder. ¿En qué se había convertido? Era un títere, una muñeca de porcelana llena de polvo olvidada en una de esas tantas estanterías de jugueterías a las que ya nadie va. Tan frágil... No, ella ya no esperaba que alguien entrase a la juguetería y se fijase en ella. Tan solo ansiaba que un soplo de aire la tirase al suelo y la rompiese por completo. Que la rompiese y la hiciese inservible, añicos, que no pudiesen usarla más, pedacitos, que no pudiera dolerse más, polvo, que no pudiera sentirse vacía y olvidada nunca, nunca más.
Las calles lloraban, y ella... ella también.


Y resurgir de ese polvo, como si fueran cenizas.
ResponderEliminarResurgir, resurgir... Lo he escuchado tantas veces, que ha llegado un punto en el que lo considero una leyenda. Bah, a saber.
EliminarNo te preocupes, muñeca de porcelana, que al final siempre acabamos acostumbrándonos a las cicatrices.
ResponderEliminarPero el acostumbrarse no va a curarlas.
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