Toda ella apestaba a derrota,
a poesía sin versos,
a besos sin amor,
a perfume sin esencia.
Se había envuelto
en sábanas blancas
con la idea de que,
en algún momento,
la cama consideraría la posibilidad
de tragársela.
Pero aquello nunca pasaba.
Las pilas del reloj
se habían acabado
y ella ya no era ella.
Era piel pálida y huesos podridos,
tenía los ojos rojos
de no poder llorar,
ni dormir,
ni comer.
Se había convertido
en sus monstruos
y en los de los demás.
Su rostro se había desvanecido.
Sin saber quién era,
su cara era un lienzo en blanco,
no había facciones ni colores
y sin identidad,
ella ya no existía.
Nadie sabe
qué le ocurrió,
nadie sabe,
pero todos inventan.
Dicen que tenía complejo de Luna
y quiso volverse pálida y plateada,
pero terminó mate,
incapaz de derrochar un mínimo destello;
estaba apagada,
condenada a ser oscura
toda la eternidad.
Otros afirman que la conocían
y que les había dicho
-cuando aún tenía boca-
que quería saber si los humanos
estábamos tan vacíos como la ciencia
juraba que estábamos;
por eso decidió convertirse
en un esqueleto,
y ahora se ancla
en un restaurante italiano
llenándose las costillas de pasta
que no puede saborear.
Yo, en cambio,
que quizá la desconocía
hasta entonces,
quiero creer que
cuando el invierno trajo consigo
el rocío y la nieve,
la niebla se la tragó,
y el Invierno la recibió
como a una igual.
Porque era un pedacito de cristal,
uno que no pudo soportar la presión;
y prefirió huir de sí,
antes que hacerse añicos.
Ojalá
todos pudiéramos
ser tan valientes.


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¿Escupes o tragas? Sentimientos, digo.