Dejadme
que haga un pequeño paréntesis
para hablar de ella.
Que no conozco su nombre,
pero se ovilla en algún lugar
tan fuera de mi alcance,
que mi imaginación no llega hasta él.
La imagino frágil,
tanto que la porcelana
pudiera envidiarla.
Sus ojos grises,
translúcidos,
con complejo de espejo.
Sus dedos temblorosos
acariciándose las costillas,
como el que acaricia
las cuerdas de un arpa;
y su risa
siendo la música.
Qué poco sabemos
de ellas,
que son nosotros,
y sin nosotros
no son ellas.
Y qué poco
les dedicamos poemas.
Las musas desgastadas
de tanta pena,
y ellas intactas;
eternas.
Vírgenes
sin diadema
ni creencias necias.
Así que yo,
si me dejáis,
hago un paréntesis
de todos los demás versos
que dedicamos a
los que no los leen,
para dirigirme a ella,
a la mía.
Para escribirle que
la siento cerca,
incluso cuando
se pone valiente
y me dice,
que se morirá de fría.
Y si me dijera
dónde está,
sin boca ni voz,
le daría las caricias
que no le di,
las palabras cálidas
que no le llevé
porque creía
que el Invierno
no la calaría;
porque la valiente es ella
y yo sólo la chiquilla
que nunca la rescataría.

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¿Escupes o tragas? Sentimientos, digo.