domingo, septiembre 01, 2013

La chica árbol.


Una vez, os conté la leyenda de una chica sin nombre con una distintiva característica peculiar: jamás dejaba de huir. Debéis saber, antes de contaros esta historia, que las leyendas a menudo son ciertas, y que esa chica, probablemente, sea la misma que la de esta historia.

Dicen que era pleno verano cuando una niña curiosa se asomó a un gran agujero a los pies de un viejo árbol, justo antes de caer. Era el mismo agujero que el de aquella tal Alicia, pero al caer, no descubrió el País de las Maravillas, si no que se descubrió a sí misma, hecha un ovillo entre la tierra fértil, con la mirada llena de pánico y aturdimiento tras aquél abismo que había destruido cada centímetro de sueños y esperanzas que habían hecho de su boca una sonrisa. Intentó cualquier posibilidad de huida, pues jamás había hecho otra cosa, pero era en vano, las raíces del árbol ya la cubrían, fuertes, seguras, pero sin hacerle daño. Si el árbol hubiera podido rugir, ella lo hubiera entendido, pero de alguna manera, espantó con su templanza a los buitres que picoteaban en el pelo de ella, alimentándose de su pena, de sus ojos grises, de las habladurías de todos aquellos que no la conocían en realidad. La niña apenas lograba romper a llorar por el miedo. El viejo árbol una vez le dijo en sueños, sin tener boca ni necesitarla, que el miedo era la peor de las enfermedades contagiosas, una plaga putrefacta que inundaba con su peste el aire, hacía que los animales se escondiesen, como si la sombra encorvada que se movía sin hacer ruido fuera un cazador armado. El miedo.

El miedo se apoderó de aquél bosque y torció los árboles, los estrujó y los dejó sin agua, les echó la soga al cuello y acabó con ellos uno a uno, los animales invernaron en agosto y las flores mancharon sus pétalos de colores negros para no llamar su atención. Todos agacharon la cabeza, todos vivieron el miedo en sus carnes, todos murieron poco a poco, menos el viejo árbol, este, con sus raíces de acero, acunaba a la chiquilla asustada que vivía pegada al insomnio bajo sus pies. La figura encorvada, cubierta en telas, se deshizo en humo y caló la tierra, y allí, las raíces y el miedo hicieron de la niña una cría anímicamente irreparable que esperaba a que alguien llegara a salvarla. Fueron noches de llantos los que sufrieron las criaturas, una continua lucha entre la Luna y el Miedo, ella vestida de plata inmaculada y él escondido entre las sombras, jugando con ellas. Fueron más de nueve meses los que transcurrieron mientras aquella fugitiva era concebida en el útero del árbol.

El miedo y las pesadillas, se marcharon tan pronto como la muchacha abrió los ojos, despertando así de su oscuro letargo en el que se olvidó a sí misma por el camino. El árbol liberó sus raíces, pero la chiquilla ya formaba parte de ellas. Llevaba como coraza la corteza del árbol, y se deslizaba tronco arriba, buscando la luz como una planta muerta de hambre. Se alzó por las ramas, trepando con una seguridad que nunca antes había tenido. Segura, feroz, fuerte, con el semblante en calma, se sentó sobre la rama más alta y observó el cielo, esperó durante horas y podría haber seguido esperando, no tenía prisa, estaba anclada en la tierra y no iría a ninguna parte. Entonces ocurrió. El cielo encapotado por la tormenta se partió en dos, como ella tantas veces se había partido, y dejó salir al Sol, el que sonrió nada más verla. Y ella, también sonrió. Ya no había motivos por los que huir, solo ganas de enfrentarse a sus monstruos, y de crecer sin torcerse. Era la chica árbol. Y nunca más volvería a huir, estaba justo donde debía estar, sólo entonces lo comprendió.

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¿Escupes o tragas? Sentimientos, digo.

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