Me desperté de golpe.
Con el corazón tan desbocado que creía que en cualquier momento se me saldría del pecho y echaría a correr calles abajo. No estaba sola, mi abuela estaba sentada a los pies de mi cama, con su piel de melocotón, su pelo rizado y su tibia sonrisa. No me había dado cuenta hasta ese instante de que tenía la mirada más pura que había visto, aquella mujer de ojos grises y cansados tenía un alma blanca inmaculada, a pesar de la cantidad de gotas negras que a lo largo de su vida habían caído sobre ella, suficientes como para teñirla de gris, y ella ahí seguía. Blanca. Pura. Reluciente. Era la generosidad en persona la que me acunaba en sus brazos, ella hacía sonar su voz con un apenas inaudible "shhhht", tranquila, como si el peso de sus ojeras no se le echara encima, si no que le daba aún más fuerza para luchar y compartir sus vivencia (las mismas que la hacían tan... tan... tan ella), que al fin y al cabo la vida se trataba de eso, de un mutuo compartir entre desconocidos.
Me besó la coronilla con un deje de dulzura:
- No temas, mi pequeña amapola, no tiembles más, mira que llega el invierno y aún tienes que sobrevivir al frío.
Shhhhht... no tengas miedo mi niña, no tienes la culpa de ser tan frágilmente bonita, que yo no soy más que una vieja
pero lucharé con todos tus monstruos si es necesario.
Anda princesa, intenta dormir de nuevo, que
las verdaderas pesadillas no están entre las sábanas.
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Mi madre me pidió que escribiese algo acerca de
la generosidad, el compartir y una amapola,
esto es lo que ha salido.
Te quiero, yaya.


Qué bonitas son las abuelas. Tanto como tus letras.
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