jueves, marzo 28, 2013

Metáforas de distancia.


Lo nuestro es como un reloj continuo del que formamos parte reencarnados en manecillas que se pasan la vida buscándose, pero que nunca se encuentran. Hasta que llega la hora en punto. Digamos, las doce de la noche, por eso de que han pasado veinticuatro horas. Entonces, las manecillas se encuentran y pasan juntas sesenta latidos exactos, sustituidos por tic-tacs que son los mismos que las obligan a separarse, y... a seguir buscándose. Así, eternamente, hasta que dejemos de darle cuerda al reloj, o hasta que, simplemente, se estropee. Yo solo espero que cuando eso ocurra estemos las dos manecillas juntas, y ahí, y solo ahí, muy muy pegada a ti, dejaré que el tiempo se pare.

Que se pare nuestro tiempo.
Pero solo si es el de espera.

2 comentarios:

  1. Porque parar el mundo siempre fue cosa de dos.

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  2. Ay, qué bonito jo.
    Me encanta la metáfora del reloj y sus manecillas; precioso.
    Besis.

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¿Escupes o tragas? Sentimientos, digo.

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