Nunca me ha gustado hablar de mí, ¿sabes? Pero hoy tengo la necesidad de hacerlo, de hablar de mí, y de mi estúpida manía por dejar que mis monstruos salgan y me acaricien, de que me salpiquen con sus miedos. Quiero contarte qué pasa. Es que los empujo, pero ellos apenas se mueven del sitio. Tiemblo de miedo, y ellos no dejan de acariciarme, de comerse mis pocas energías positivas, de teñir de negro lo blanco y hacer de mí una mancha gris oscuro de la que empiezan a caer gotas de lluvia. Cuando eso pasa, me obligo a creer que, cuando llegue el momento, tendré las fuerzas necesarias para apartarlos de mi lado y seguir con mi camino pero... ellos siempre vuelven. No se rinden, (pero yo ya me he rendido). Estoy cansada de huir, (pero instintivamente lo hago). Estoy asustada, (¿pero cuándo no?). Apenas tengo fuerzas para acabar de escribir este pequeño texto, y es que tampoco me quedan ganas para intentar salvarme. Qué me atrapen. Qué me atrapen y hagan de mi lo que quieran. Ya sé que llorar no sirve de nada, así que no te preocupes por mí, deja que vuelva a ser alguien reversible de sentimientos. Vacía. Déjame no-sentir, que no puedo con tanto latido. Deja que me convierta en lo que dices que soy...
Al fin y al cabo, los monstruos no tienen corazón.


Pero, pero, pero...
ResponderEliminar(siempre hay un pero)
*Precioso*
Siempre.
EliminarMil gracias, cielo.