jueves, enero 03, 2013

Demasiado fría.


Sé que se trata de una pesadilla nada más empezar. Llámalo instinto, no sé, demasiadas pesadillas me ha hecho vivir mi subconsciente como para no saber distinguirlas. Pero sin embargo, caminando entre oscuridad el frío se siente tan... que acabo por creer que es real. Busco, con algo de curiosidad, pero en ese bosque no hay nada a lo que pueda aferrarme como he hecho otras tantas veces. Conozco bien los árboles, son los mismos que me han visto reír miles de veces cuando era niña, los mismos que me han visto dormir la siesta bajo su sombra en otoño. (Sin embargo, no son tan bonitos como los recordaba). El que no haya luna en mitad del cielo oscuro no ayuda, apenas se ve nada, así que voy a ciegas, a tientas. Las ramas crujen bajo mis pies que no se detienen, no sé dónde voy pero sigo caminando. No sé cuanto tiempo pasa, pero me da la sensación de que camino en círculos y comienzo a angustiarme.

Nada. No encuentro nada por mucho que camine y me pregunto hasta dónde quiere hacerme llegar mi subconsciente. Ni un búho, ni una ardilla, ni si quiera un terrorífico aullido de lobo a lo lejos. No sopla el viento, pero un frío que no se de dónde viene se me cala en los huesos. Entonces me doy cuenta. Es casi como un destello. No es el frío lo que me hace temblar, si no una puta soledad podrida que me corroe en un bucle de nada que me pone el vello de punta. El miedo resurge una vez más, y me hace gritar pidiendo ayuda. Me dejo la garganta gritando, entonces callo y espero. Espero. Sigo esperando. Sé que no hay nada que esperar. Que nadie me escucha. Que nadie va a acudir a mi llamada. Noto un malestar en el pecho y trago saliva repetidas veces, aunque sigo sintiéndome seca por dentro, y es irónico, porque los ojos se me humedecen. Aquí no hay monstruos ni macabridades varias. Aquí sólo estoy yo y eso es lo que me asusta.

Echo a correr tanto como puedo. No miro atrás, no freno. Corro aunque sé que no voy a encontrar nada. Corro aunque sé que no hay salida. Que los árboles son iguales, que no hay manera de saber por dónde voy. Ya me perdí una vez con seis años. Y quiero salir de aquí.  Empiezo a ahogarme demasiado. Demasiados árboles haciéndole sombra a las constelaciones e impidiéndome respirar. Las manos se me llenan de rasguños por el roce de la corteza de los árboles, entonces tropiezo y caigo al suelo. Por ese entonces yo ya llevo todo un trayecto llorando. No me levanto del suelo como he hecho en otras caídas en mitad de la huida, si no que dejo que un escalofrío me atraviese la columna vertebral y me acurruco junto a las enormes raíces de un árbol viejo. No tengo porque correr, quiero convencerme de ello, no puedo huir de mí, no, no puedo. Clavo las uñas en la tierra, con rabia, y dejo escapar un grito ahogado entre llantos que no siento. Me mezo, con el pelo en la cara y abrazándome las rodillas. Ojalá consiga perderme en mi va y ven, porque no consigo sentir ni la angustia, ni la rabia, ni el dolor... Solo siento frío. Un frío que me hace tiritar y un vacío que se ha llevado el brillo de mis ojos. Que me lo devuelva, por favor. Y qué, ya de paso, me devuelva las ganas de levantarme, (o seguir corriendo).


Putas pesadillas que me dejan las ojeras moradas.

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¿Escupes o tragas? Sentimientos, digo.

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