Y tú, que eras Sol, esperabas no atravesar dos milímetros de piel cuando eras capaz de atravesar mares hasta tocar fondo y volver a subir a la superficie. Yo ni si quiera sabía mantenerme a flote. Era nada, ni bote salvavidas ni iceberg, nunca conseguía ni hundir ni salvar ningún Titanic. Tan solo era una niña perdida a la que Peter Pan no echaba en falta, y tú... eras mi tempestad y mi calma. Siempre estabas ahí. Me esperabas con los brazos abiertos, como una barra libre de poesía, y yo iba con las manos llenas de ganas y el pecho abierto de pared a pared, esperando a que, si me lo rompía, al menos consiguieras colarte por alguna cicatriz. No me equivocaba cuando te nombraba de aquella manera tan peculiar, quizás también la hayas olvidado, pero cuando te fuiste, todo lo que habías conseguido no sirvió para nada, todo lo encendido se apagó con la misma facilidad que una vela en una tarta de cumpleaños, y el tiempo se paró, al fin, y mira que yo lo había deseado con todas mis fuerzas, pero nunca quise que se detuviera así.
Fue en ese momento cuando mi miedo se envolvió en el vértigo de corazas y yo me perdí entre tanto no-sentir, entre tanto no-saber, supongo que ahí me quedé yo, atrapada en un bucle donde, sin ti, no lograba hallar salida alguna. No sabía si estaba boca arriba o boca abajo, no sabía hacia donde debía nadar. Ya no había superficie. Ni Sol. Ni cielo. No me di cuenta hasta entonces que yo solo aprendí a respirar cuando te conocí a ti. Ojalá lo hubiese sabido antes, pero qué importaba ya. Y qué importaban mis ganas, las que rebosaban entre mis dedos, escurriéndose. No sirvieron para nada. Ni las ganas, ni la espera, ni el contarte ahora que te he soñado cada noche desde aquél respiro que a mi me ahogó. Supongo que lo nuestro era así, una ironía infinita; yo respirando contigo y tu respirando sin mí.
Ya no importa. De verdad. Si solo escribo esto con la esperanza de que, quizás, algún día lo leas. Aunque sé que ya no quieres leerlo. Que no quieres leerme. No diciendo esto. Pero no puedo evitarlo, sigues aquí, en todas partes, aunque nunca hayas estado. Sigues aquí, en mí, y te juro que soy consciente de que te he perdido. A ti, a mi, a nosotros. Pero el 2409 sigue siendo la contraseña de mi móvil y no me atrevo a cambiarla, por si algo ocurre, o por si me toca la lotería con esos números. Si, quizás me toque el gordo y vuelvas. Bah. No sé en qué momento se fue todo al traste, solo sé que tú y yo cogimos trenes distintos sin darnos cuenta, y ahora, ahora ya no sé qué contestar cuando me preguntan cuál es mi estación favorita, solo sé que me mantendré alejada de las maletas y las estaciones de trenes.
Que duele eso de que te extravíen el corazón en dirección contraria.


No hay comentarios:
Publicar un comentario
¿Escupes o tragas? Sentimientos, digo.